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sábado, 24 de julio de 2010

How long does it take to fill this emptyness ?


Son sensaciones estúpidas que tengo a veces. Me estoy volviendo una persona cínica y sarcástica, y lo peor es que me da igual. Jamás me había acercado a una botella de alcohol, si bebía era un cubata gratis que daban de noche en un bar, con esa era suficiente. No tenía motivos ni razones para beber, de hecho siempre lo consideré como algo estúpido. Ahora que he perdido lo que era más importante para mí, me siento perdida y vacía. Supongo que pienso que el alcohol puede llenar ese vacío por las noches, y si no es así, que puede hacerme olvidar que ese vacío existe dentro de mí. Además, con toda la mierda que hay a mi alrededor, realmente la mejor opción parece echar un trago y reírse del mundo. Pero luego llego a casa, me tiro en la cama, y aunque todo me da vueltas, me doy cuenta de que solo me engaño a mi misma. Todo se va a pique y yo floto a la deriva en un oceáno demasiado grande para alguien tan insignificante como yo. ¿ En qué momento perdí la embarcación que me llevaba a un destino dulce y gratificante?

viernes, 28 de mayo de 2010

Era una estrella, ya se largaba de aquí

Le veo ahí, tan alto y fuerte, y tan destrozado por dentro que entran ganas de gritar. El desamor ha podido con él, bebe sin parar, fuma demasiado, y juega con cosas que le hacen hablar. Abrazo a mi hermano y le quito la jarra que tiene en la mano. Me mira y empieza a llorar.
- ¿ Por qué lo haces? ¿ De qué te sirve? Si estás llorando, si bebes para olvidar, ¿ por qué no olvidas también el dolor?
- Porque por desgracia, el dolor solo se olvida momentáneamente. O esa es la sensación que tienes al principio. Es tan solo una falsa ilusión, el alcohol juega con los recuerdos, los oculta un poco y hace aflorar la risa. Pero cuando la risa se cansa de jugar, los recuerdos, tan suyos e impertinentes, vuelven a salir los muy cabrones. Y entonces, ellos juegan con las lágrimas.

sábado, 22 de mayo de 2010

Quiero beber hasta perder el control

Una vez más, me despierto en medio de la noche. Deben ser las 5, y los recuerdos maleducados no me dejan dormir. Abro la ventana, creo que voy a morir asfixiada. El calor veraniego se acentúa cada vez más, y entonces caigo en la cuenta de que he dormido con el edredón. Será que no quiero quitarlo porque es otra de esas cosas que me hacen recordar. Me levanto de la cama, aún a oscuras. Me acerco al comedor, dónde aún están los restos de la cena de ayer, los recojo, ausente, sin pensar. Cojo una chaqueta fina, mi pijama demasiado escaso me ha recordado que sin estar debajo del edredón aún hace fresco.
Sentada en ese sofá, miró por la ventana. La calle está desierta, demasiado tarde para ver gente de fiesta, y demasiado pronto para que alguien empiece su mañana. Veo el paquete de tabaco de mi padre, y me pregunto por qué no fumo. Tal vez me sentiría mejor con un cigarro en la boca, y con cada calada se iría la pena con el humo. Me pregunto qué soy, quién soy y qué es lo que se supone que debo hacer ahora. Juego con un rizo rebelde entre mis dedos. Me como las ganas de hacer una llamada en medio de la noche. Barajo la posibilidad de vestirme rápido, bajar a un bar, y pedir un vodka con hielo. Bebérmelo de golpe, y pedir que rellenen mi vaso una y otra vez. Empezar a notar como la cabeza se me va, como ya no pienso tanto. Puedo imaginarlo, veo como en ese bar aparece ese rostro tan hermoso, veo un beso, con sabor a hielo, con sabor a alcohol, con sabor a realidad. Pero entonces el camarero me echa del bar, dice que ya tiene que cerrar. Y ese rostro perfecto que dio nombre al Bernabéu desaparece de mis manos.
Un ruido me sobresalta. No he bajado al bar. Sigo en el sofá, imaginando todavía que en un bar imaginé sus facciones cinceladas de una forma demasiado perfecta para ser reales. Y dejando la chaqueta en su sitio, vuelvo a mi habitación, retiro el edredón y trato de encontrar de nuevo el sueño que me había abandonado.